La nueva fe

El liberalismo parece la fiel imagen de la iglesia católica en el oscurantismo.

Sus cardenales: los grandes inversionistas, sus teólogos: los economistas, no cesan de decir en cada nación que es la única vía a la salvación.

Por todas partes nos encontramos, sin querer o queriendo, en sus templos comerciales, a donde ha de irse únicamente a adorar al dios dinero y a su santo poder de adquisición. La gente parece iluminada entrando a una tienda que le promete redención por tan sólo $9.99, y se celebran fiestas santas cada tanto tiempo, cuyo origen, significado y proceder no todos conocen, pero que todos celebran, como Mardi Gras, Thanksgiving, Halloween, Black Friday, Christmas.

Apoderados de la cruz, que ahora es: $, van de nación en nación de salvajes bautizando a las poblaciones, y en seguida, como por arte de magia, poniéndolos a trabajar casi gratis, en favor del Bien más alto: el progreso. La gente, confundida pero agradecida de haber sido declarada civilizada (que no humana, como los indios en tiempos de Colón), se pregunta si ahora sí, por fin, van a poder vivir mejor.

Pero no, los trabajos que ofrece la iglesia son casi como si uno fuera acólito de un padre pederasta. Al menos, gente que no tenía dinero pero que comía de su pancoger, ahora tiene dinero para comprar chucherías de plástico y hamburguesas de MacDonalds en la ciudad.

La iglesia se ha declarado en guerra, impertérrita, contra la ignorancia del mercado y el pecado de vivir desconectado. Ha dotado a miles de niños de tabletas, y a adultos de celulares, para combatir en la santa guerra contra el mal.

Además, ha declarado que no permitirá que el océano invada Nueva York y se ha inscrito en la COP26, que tendrá lugar en París, y hasta en la COP28 antes de que tenga lugar, pues estas reuniones del clero son muy importantes para determinar lo que se hará próximamente. Monseñores no logran aún decidirse entre el pavo relleno o el ganso en salsa.

Están muy preocupados, declaran, además, por la situación de los niños en África, pero ya las donaciones de los fieles parecen estar, al fin, permitiendo a la iglesia versar unos seis mil pesos por año aproximadamente a cada niño. Algo más cuando algunos fallecen.

Por obra y gracia de dios, parece que ahora será posible, gracias a la santa ciencia, más de un milagro que los fieles reclaman con impaciencia. Se anuncian algunas primicias: santísima concepción in-vitro, cambio de sexo, y la vida eterna.

Y como si fuera poco, también proponen, -ellos, cuya generosidad nos transpasa el costado-, que podrán producir energía en grandes cantidades, más de la que el espíritu santo jamás vio, para que sus amados fieles puedan comprar todos los electrodomésticos de sus sueños, cambiar sus carros de petróleo por eléctricos, y hasta cambiar de celular todos los días.

Por increíble que parezca, estas edénicas, utópicas promesas son ciertas. Para mal o para bien, la iglesia desea implantar por todo el mundo la energía nuclear, sin importar que los santos átomos puedan hacer explotar la creación de dios ($) -e incluso aquella de Dios- más rápido de lo que uno puede decir: seguridad nuclear.

Debemos decir, pecando tal vez de herejía, que, aunque nuestros sabios apelan siempre a la fe cuando se lo preguntamos, no hemos sabido respondernos qué pasa con los residuos que quedan al producir esas espléndidas chispas divinas.

En cuanto a los disidentes, la santa inquisición ya no funciona con el rigor de antaño. No se tortura al individuo que comete pecados contra el régimen de la fe como volverse hippie o ermitaño. Simplemente se le difama y excluye. Y para aquellos que se atreven a denunciar los altos oficios, tenemos una divisa: ¿si dios($) está a mi favor, quién en mi contra?

Mi padre, apóstata del siglo XXI

6 de abril de 2022

Hago parte de esos hijos heridos. Hago parte de aquellos y aquellas a quienes sus padres dicen deber cosas, a quienes exigen sanar, mientras son ellos mismos quienes cargan con las heridas. Si, cargo con las heridas de mis padres, que infligieron en mí. Un temor y una culpa de los cuales es difícil salir, una inestabilidad que a veces se vuelve patológica, explico, no logro salir de la idea, por momentos, de que no vale la pena vivir. Con tantas heridas. Me declaro subsanada desde el momento en el que ellos me dan algo de afecto, por lo “poco” que he recibido, pero en realidad su ausencia, ese vacío, ese hueco, nunca lo llenarán. Nunca propondrán sanar las heridas, ni restituir las deudas que tienen pendientes, de lealtad, de verdad, de acompañamiento, de honra, de memoria. Los padres, como banqueros ladrones, nos dejan sin nada en la cuenta y se van dando excusas de crisis. Los padres, como mujeres cruentas, nos seducen y se llevan el botín: la salud mental, el futuro. Los padres, sin darse cuenta o dándose cuenta, nos corroen con sus pensamientos mediocres y absurdos, nos condicionan a seguir sus ideas o esperanzas bajo el chantaje de su pobre amor, amor-piltrafa. Los padres, ellos, no se molestan en ser aquellos que nos instan a ser libres o felices, no, ellos sólo quieren hacernos tomar las mismas cadenas que ellos tomaron para que el conformismo de ley nos ate de paso a ellos para siempre.

Esos son los malos padres, que son la mayoría.

Los buenos, aquellos que sin egoísmo enseñan a sus hijos a ser libres, a ser mejores que ellos, que lo dan todo para garantizarles una vida honesta y un futuro digno, no los cuento aquí.

A mí me tocó padres-basura, herederos del 68. Padres que pensaban que con idealismos y arte podrían sus hijos alimentarse solos, como plantitas del suelo.

Padres, y me refiero en especial a mi padre, que a pesar de su autoritarismo y de su violencia, pensaban que estaban haciendo el bien. Que ahora, a pesar de que pasa el tiempo y uno en cierta parte olvida, se van de rama en rama para evitar ser confrontados a su pasado. A tantas y tantas deudas pendientes. Como si la vida fuera demasiado para ellos.

Yo hablo por ellos porque la vida es demasiado para mí.

Eso está claro, por lo cual, nunca, espero, incurriré en el error de tener un hijo esperando que este resuelva mis problemas o se conforme con mi estrecha visión del mundo, o tenga que lidiar con mis desequilibrios. Prefiero dejar libros, proyectos o árboles sembrados.

Pero mis padres no podrán repararme.

Ni ellos, ni nadie. Debo aprender a vivir sola y a renunciar a su carencia, a esa necesidad absurda de ser amado por sus padres (como uno quisiera ser amado). Y lo digo porque un niño nunca elige cómo nacer y sin embargo se encuentra bloqueado, a la merced de dos seres ni aptos ni responsables, que sólo lo maltratan.

Ahora me paro neto a pensar que ni siquiera yo sé por qué escribo este texto, un viejo reclamo, parece. Parece que me repito.

Pero por cierto, a dónde está la nota de advertencia que viene con el nacimiento que nos avisa, que nos diga, que pongamos atención, que los padres pueden no ser lo nuestro, que tal vez tengamos que hacer la vida sin ellos, o a pesar de ellos.

No sé cómo pensar este asunto sin nombrar de nuevo las tan sonadas verdades que me duelen de mi padre. Ya no me duelen tanto. Por otra parte, todas las razones por las que he sufrido en esta vida las atribuyo a él. Él es el principio y la base de todo mi sufrimiento, mis inseguridades y miedos, mi autorechazo, la tendencia que tuve hacia las parejas maltratadoras, los fracasos de mis hermanas y de mi madre, nuestra pobreza, las secuelas que aún hoy ellas viven, mi incapacidad para emanciparme de la religión o de su moral. O al menos eso pienso.

Desde otro punto de vista podría decirse que él es la excusa por la cual yo quiero evitar buscar mi libertad, mi emancipación, mis riesgos, mi éxito o lo que sea. Porque está él. O por no contradecirlo a él. Un amor sagrado como el amor a Cristo. Un miedo a ser castigado como el miedo de Dios.

Pero aunque pueda parecer fácil desconfiar del padre bajo recursos filosóficos que enfocan hacia la teología y también bajo hipótesis freudianas que digan que él es la causa y origen de toda mi infelicidad; Yo, como ser pensante y sintiente, estoy convencida que puedo alejarme de él simbólicamente y hasta, de plano, dejarlo atrás. Después de todo él es sólo una imagen, un recuerdo.

Hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo, dice mi madre. Y nadie puede resumirlo mejor. Mi padre, hijo de un padre alcohólico y ausente y de una madre que hasta donde yo sé se casó porque no pudo estudiar y fue madre a los veintiún años, es nada más y nada menos que el producto de sus padres. Trató de hacer lo mejor que pudo, fue un padre “responsable” (según los cánones de la época), hasta que se lo llevó la depresión y eso fue la mayor parte de mi vida. Pero yo lo necesitaba. Cómo hice, cómo hago, no sé. Yo lo necesitaba y me costó aceptarlo, me cuesta aceptarlo aún hoy, que necesito de su amor y que esa herida no sana, que si sanara yo estaría bien. Mejor que sólo ignorando que existe y diciéndome que ya no lo necesito. Pero él no quiere quererme, sigue alejado. ¿Cómo hago yo para reintegrar en paz a ese ser que en mi corazón es sólo ausencia?

Los únicos recuerdos de él que tengo son sus burlas hacia mí, sus críticas, sus reglas, sus castigos, esa capacidad para destruir mi confianza, infundirme miedo, terror. Aunque tal vez no se daba cuenta.

¿Hubiese sido alguien mejor sin mi padre? ¿O con otro padre?

No lo sé.

Lo único que sé es que todos tenemos limitaciones y una de ellas es la fe. Voy a poder. Se puede vivir sin una pierna, por qué no habría de vivirse sin un padre. No voy a caer en la droga, en la depresión o en el suicidio. Sí podré, si quiero y me siento capaz, tener un hijo algún día, a pesar de mi padre. A pesar de mí. De que yo, soy el deshecho, el rechazo de mi padre. De que no me amo, ahora, no estoy orgullosa de mí, pero trabajo para estar orgullosa de mí, digan lo que digan, diga lo que diga mi padre (el de antaño). Eso es, sí. Yo, a pesar de mis dificultades, de mis limitantes, puedo sobrevivir. A Pesar De mi Padre.

Y eso, nomás eso. Esa determinación, me hace sentir orgullosa de mí.

Porque, viéndolo bien, cuanto he vivido y cuanto he sido ha sido sola, no gracias a mi padre ni a nadie sino gracias a mí, que, a pesar de todo, a pesar de las dificultades y de las crisis, he podido ser yo contra viento y marea, pagando las consecuencias y con algunas pérdidas pero siempre yo, sin la ayuda de mi padre.

Mi padre vive en mí, es ese gen, ese amigo consejero que me dice: no hagas como yo. Es ese paso dado en falso que me recordó a él. Es esa mirada amorosa que tiene hoy, irreconocible, que recibo como la mirada de un amigo por largo tiempo ausente. Ese es mi padre, lo acepto, extraño. Es ese extraño que se invitó en mi vida como otro, para poder olvidar el presente, el de mi cabeza, el bully, el macabro. Ahora, mi padre es yo, mi padre es él, un él nuevo. Es lo que he querido ser y lo que he tratado siendo. Esas ganas de superarme que me acompañan. Es su lucha increíble por transformarse y pasar a ser digno del amor de sus aún más increíbles hijas. E hijo. Es sus errores, su pasado encantador de músico, bohemio, intelectual, literato, que desafortunadamente perdió, pero que yo recuerdo. Es esas noches de whisky, tertulia y amigos que yo oso recordar como mi hogar, el de mis padres, con mi verdadero padre, aquel que yo quisiera ser, en el fondo. Mis colecciones de discos incipientes no se parecen en nada a la suya, pero aspiran a serlo.

Mi padre, es esa tarea que le puso a su familia de no ser más como ellos y enfrentarse al escándalo de no serlo. Lo que pensaban ellos fuera una crisis de la treintena se convirtió en un modo de vida, arduo, tenaz, silencioso, humilde, pero respetable. Contrariamente a lo que estaba destinado ser, mi padre, de algún modo eligió. Su depresión era su rechazo a ser parte de la industria que lo explotaba, de la finanza y el todo-por-el-progreso-y-el-beneficio-económico que acompaña a media mitad de este mundo. El sueño de todo el mundo, tener una casa, una familia y un carro lo tuvo él pero a él no le bastó. Quién sabe por qué siguió ese camino inverso con tanto sacrificio y auto-flagelación como si la gente no pudiera explicarse sus decisiones de vida por simples no y argumentos.

En vez de la rebeldía, eligió el sacrificio.

Y es respetable.

Se expuso al rechazo de sus hijas porque él ya no las cuidaba, ya no las veía y ya no aportaba económicamente a su crianza. Supo que ellas no lo entenderían. Decisión extrema e inmensa, detestable y a la vez impresionante. Sin nunca dejar de amarlas, el padre decide irse al monasterio. El padre busca su vida espiritual y en su mutismo refleja la vocación espiritual de aquel que busca sólo la salvación extra-terrena. Para él y para la tierra.

Sus valores actuales: la aceptación en vez de la imposición, la resistencia en vez de la cólera, la honestidad y el honrar la palabra, la aceptación del mal o del enemigo como una manera de pagar los errores cometidos y así hacer paz-y-salvos para su alma. El intenta orar por las de sus hijas, pues considera que ellas pagan en parte las faltas suyas, y que las que ellas cometerán, serán en parte pagadas por sus descendientes. En una palabra, Misericordia es su consigna.

Mi padre, un abogado del Cielo, un apóstata del siglo XXI.

Coronavirus: carrera mundial

Escrito el 25 de agosto de 2020

Si antes nos habían enseñado, en la escuela, cuales eran los países desarrollados y cuáles los subdesarrollados –nosotros, ahora, con la pandemia, cada uno entendió cual es su lugar. No es lo mismo vivir en un país con seguros, con subsidios de desempleo y test Covid gratuitos, que vivir confinado en uno en donde, si no trabajas, pruebas lo que es vivir en la cochina miseria y nadie viene a salvarte. Mire a ver cómo se bandea.

China en un polo, en el otro, Estados Unidos en su caos próspero, Europa, dejando translucir, en medio de su diplomacia, el pánico que le despierta una situación fuera de su control.

Impreparados estaban todos los países. Pero sabemos quiénes, desde ya, van a caer mejor parados. Sabemos que cada país se posiciona por sus reacciones y medidas como civilizado o cuaternario, y hay toda una escala de gamas.

Actualmente, la vacunación es un síntoma. Se nos pregunta cómo va la vacunación y según eso, cada cual se posiciona. La baja estima propia de los países “en vía de desarrollo” cree que cada país es mejor que el propio. A pesar de la lentitud y negligencia que se ha hecho casi omnipresente(1).

Lo interesante es que cada uno es consciente e interioriza, a partir de esas reacciones oficiales, en su mayoría puramente mediáticas, cuál es su lugar en el mundo. A dónde pertenece. Se vio en las comparaciones que podían hacerse, que cada uno hizo, durante los eternos conteos de muertos, de contagiados, en los respectivos países. Al desconfinarse Europa este verano pasado (2O2O), gente saliendo a pasear libre, aunque con tapabocas, inundó las redes sociales, dando a entender que había una ventaja, un “excepcionalismo”; Como lo dio a entender la ex-ministra de la salud francesa, Agnès Buzyn (2), diciendo que Francia era poco propicia a ser afectada por ese virus. Una ventaja, a pesar de las torpezas con los equipos de salud y los problemas de aprovisionamiento en tests y tapabocas que se vivieron en interno. Hegemonía reivindicada por entes oficiales y portavoces de gobierno, reclamada cual si fuera una herencia natural, por parte del ciudadano frente al extranjero.

Basta con ver cuántos jóvenes franceses aprovecharon la flexibilidad de las medidas en España para pasar una temporada sin restricciones, yendo al restaurante y al bar y con un toque de queda extendido. Los aviones en Francia no pararon, y las restricciones de entrada al país (Francés) no se hicieron sentir sino hasta finales de 2020.

Mientras tanto, la terquedad de la reaccionaria población estadounidense dio a conocer al mundo entero su estado de atraso. A pesar de su ventaja técnica y tecnológica. El número de casos de contagiados en el país del norte parecía estar ligado al rechazo de su población a acogerse a medidas restrictivas vistas como autoritarias (comunistas), sin embargo mundialmente unánimes. Un castigo de excepción.

Tal como le ocurrió a los seguidores de Bolsonaro, en Brasil. Fanatismo religioso, clase media y liberalismo ultra parecieron ser la receta para la cólera de un pueblo que se negó a que le fueran cortadas sus “libertades”, especialmente aquella de trabajar; cuya teoría acerca del virus, lejos de ser un castigo de la providencia o una eventualidad de la naturaleza que se debe aceptar, es la de un falso virus y un complot en contra de la economía del Brasil.

Bajo el signo de China o de otro enemigo simbólico, el Coronavirus representa para la clase media el símbolo del enemigo que quiere frenar su progreso. Destruir su avance, anular su prosperidad e incluso aniquilar a su enemigo: él.

Este miedo no es nuevo en la clase media. Está por el contrario escrito en sus orígenes. Razón por la cual siempre ha defendido los intereses de las élites y despreciado a los desharrapados de quienes quiere a toda costa distinguirse.

Ridiculizar a la población, como se hizo con el viernes sin IVA en Colombia, no hace más que enfurecerla, y parece como si fueran palos que le da un polizonte mediático a un pueblo: “por bruto”, aleccionándolo en lo que “no es ser civilizado”. Como hizo India de hecho, al golpear a quienes se atrevían a asomarse afuera, en los inicios del primer confinamiento, cuando el ideal del confinamiento “civilizado” es una broma de humor negro para países que, como muchos, no pueden comer sin ganarse el sustento diario.

¿De cuándo acá uno se queda en la casa, trabajando en su portátil y llamando al jefe por videoconferencia? En un país donde mucha gente no tiene carreteras pavimentadas ni señal telefónica (mucho menos internet), este mandato es insultante.

Es inútil decir que la cuarentena es difícil tarea y que en muchos casos los ahorros no existen.

Pero ofende el titular del medio estadounidense Bloomberg, “Covid Friday”, es decir país en el que, a pesar de las múltiples y vergonzosas violaciones a las reglas del distanciamiento social para protegerse a sí mismo y a los demás, no contentos con burlarse de nosotros, con su título declaran que en Colombia existe y se celebra el Black Friday gringo, lo cual en un punto es verdad: la de los llamados que hacen ese día los comercios, por pura estrategia de marketing, pero otra cosa muy distinta es asimilar nuestras costumbres y prácticas a las de Estados Unidos sin ningún cuestionamiento, asumiendo que “de todas formas”, la cultura de dicho país está en todas partes. La invasión de esta cultura, economía e idioma son suficientemente hostigantes y a la vez, es cierto, tan invisibles en nuestro cotidiano consumir… pero de ahí a llamar un día sin IVA en un país a miles de kilómetros la imitacion burda del Black Friday, hay mucho trecho. Es abusivo y despectivo a la vez.

Sí, después de varios meses confinados los colombianos salieron a ver qué era lo que podían comprar y seguramente a crédito, pero es que desde hace mucho tiempo que se le ha enseñado a la población a consumir. A calmar el estrés producido por la incertidumbre, la inseguridad, la ansiedad por el futuro, la necesidad de cohesión, de reconocimiento y de entretenimiento, a través de la televisión y los celulares (las pantallas), los objetos. En otras palabras, a llenar todos los vacíos que crea el gobierno, ausente salvo para castigar al pueblo y en elecciones, a través de alienarse en objetos.

De la salud, no queremos saber nada, salvo que no queremos estar enfermos.

Mirar para otro lado, deporte del siglo XXI.

Impulsado por el gobierno con el buen pensamiento de “ayudar la economía”, después de 3 meses de confinamiento estricto, el Viernes sin IVA, la falta de autoridad del gobierno se confirmó por su incoherencia.

Después de tanto revuelo causado, la alcaldesa de Bogotá, señora Claudia López, ataca entonces a los protestantes contra la cuarentena prolongada y contra las masacres de jóvenes que no paran en el país. De esta manera hace ella mella de un sentimiento de desprecio por la clase ignorante y popular que es muy capitalino.

Al bogotano le gusta el orden, la rectitud y el control, que seamos civilizados, ¡por favor!, que dejemos de una vez por todas de dar vergüenza ante los demás países, gente, colombianos chichipatos.

Vease la reacción de los italianos, con confinamiento esctricto y los hospitales a rebosar (Milán), lo cual tuvo a la gente en pánico porque un sistema de salud devastado por el ultra-liberalismo de su administración (y con la mafia), las amenazas de licenciamientos en un país ya en crisis, tuvo a la gente al borde de los nervios. Y no fue el único. Mismo caso en España, en similares condiciones económicas, herencia de las políticas de austeridad europeas post-crisis de 2008.

El caos de la pandemia puede entonces vincularse a un estado social y económico de un país. Es algo así como un diagnóstico. Tal una especie de estratificación, y los de más alto nivel vienen a ser los de estrato alto. Como Suecia y Finlandia. Sin confinamiento y recientemente de vacaciones, bajo el sol en algún punto del mar, hoy en día siguen sin imponer el uso del tapabocas, al igual que Suiza y Holanda. O por el contrario, estar confinado durante largos meses, sin posibilidad de salir y mucho menos de ir a trabajar, recibiendo el bolillo de la ley a la menor infracción.

Por otro lado, la pandemia es también un medidor de neoliberalismo. Las privatizaciones masivas, las reducciones de camas de hospitales, dejaron tan mal parados a países dichos “desarrollados” como a aquellos que, con menos medios, tampoco otorgaban suficiente acceso a los servicios públicos.

Colombia le copió el modelo a Europa y casi al mismo tiempo que Francia (uno de los epicentros del virus) encerró a la gente, movida por un sentimiento de dignidad y decoro que quería evitar a toda costa el sentimiento de embarazo, tanto como por la incapacidad histórica de América latina de pensar sus propios problemas y de encontrar soluciones a la medida. Así como también por ese pensamiento pesimista de “no tenemos la plata para eso”.

¿Cuál hubiera sido la solución? Para un país del trópico cuya población se ciñe a lo afectivo más que a lo formal, con una total indiferencia hacia las instituciones que sin embargo es mutua, cuyo esquema roza a penas los límites de la escuela y del gobierno representativo?

¿Cuál es la solución para la Colombia confinada?

En todas partes la pauperización de la vida se hace sentir. Resta por decir que la situación de los jóvenes estudiantes precarios se agravó y que la de los jóvenes diplomados no es mejor. Esperamos respuestas.

Notas:

  1. Leer el artículo «El fiasco de las mascarillas», del medio francés independiente Mediapart, y su serie sobre este tema.
  2. Agnès Buzyn : «El riesgo de introducción en Francia de casos ligados a este episodio es débil, pero no puede ser excluído, aún más cuando existen líneas directas entre la ciudad de Wuhan y la ciudad de… perdón, Francia». Le Figaro, 21 de enero de 2020. Actualizado el 27 de enero de 2020.

Perdedores (de tiempo)

23 de febrero de 2022

Los artistas huimos todos de esta idea: que no vamos a ser capaces de vivir del arte.1

Que seremos la burla de la gente, que fracasaremos, escribiendo malas novelas, o novelas que no publicarán nunca, o que, si publicamos, no venderán suficiente, no darán para vivir, para ganarse el pan, “¡dignamente!”, como pregonaban nuestras mamás que hacía la gente decente. Honrada.

Porque nosotros, nosotros somos unos habladores. Unos tramadores, unos magos. Que nos hacemos los que trabajamos y no trabajamos, que nos hacemos los que somos inteligentes y no sabemos cómo vivir.

Cada artista sabe cuánta parte de lo que digo es verdad : constituye nuestro monstruo principal. Nuestro enemigo. Pero no se trata ni siquiera del miedo a no escribir bien (en mi caso), ni siquiera a no hacer lo que uno hace bien, sino que se trata de una incapacidad para darse la confianza, tenerse la confianza, para creer que lo que uno hace está bien, es bueno, o puede llegar a serlo: darse el tiempo, para crear, para inventar, para decir lo que no se debe decir, ¡pero tanto se debe decir!; para leer sin pensar que es una pérdida de tiempo, pues Eduardo Zalamea o Borges leían más que yo.

Los artistas no pedimos que nos mantengan, que el estado nos de un ingreso mínimo universal ni tampoco que nos tengan como reyes sirviéndole a palacio, como ocurría con artistas de otra época, como Goya. Lo que pedimos, lo único que pedimos o necesitamos (a veces no nos atrevemos a pedirlo), es paz. Es que nos dejen ser lo que se nos da la regalada gana. Con nuestros cuerpos, con nuestras mentes, con nuestras creaciones. Así digan que es perder el tiempo. Así sea perder el tiempo. Cada uno tiene su concepto propio de lo que ello es, puede ser para mí pasar ocho horas diarias atendiendo por ventanilla en un banco, o en una EPS.

Así, ningún poeta se vio jamas temer a la muerte o a la calle, siempre y cuando tuviera derecho a entonar su canto, su poesía. Nótese Miguel Hernández desde el presidio (Nanas de la cebolla) o García Lorca, vilmente asesinado.

Con estos tiempos de crisis internacional, se nos repite que habrá que apretar cinturones, habrá que tomar medidas, que no habrá que andar pensando o creyéndose que uno va a poder estar por ahí “perdiendo el tiempo” porque, si antes era difícil conseguir trabajo y pensionarse, ahora lo será más. Nos repiten cosas como que esta es la generación de la crisis climática, que hay que hacer “things that matter”, pelear “for a change”, y todo eso tan anclado al plano de lo real, de la acción (lo único que parece importar ante una pandemia-guerra), que olvidan que hay otra manera importante de cambiar: revolucionando las consciencias.

Ese es un trabajo que solo puede hacer el artista, el intelectual.

Pero si no hay tiempo que perder y la lectura cada vez estorba más, los tranquilos, aquellos que prefieren ver llegar la muerte digna de nuestra civilización antes que venderse “a cambio de una libreta”, ¿donde quedarán? Se les reprochara acaso querer ser dignos antes que prestantes, quererse amar y mostrar su desconcierto, su desfachatez o su oposición por cuenta de una vida llena de incoherencias pero dedicada al arte, a la expresión auténtica, sincera, visceral?

El teatro de Angulema cerrado durante el Covid-19. «No esencial».


Las elecciones de los gobiernos en materia de Covid en lo que concierne la cultura dejan mucho que desear. ¿Sera el teatro o la música menos esencial que el supermercado?

1 Pues como todo artista, esa sed insaciable que nos corroe y nos exige dedicarle la vida entera, quiere que todo nuestro tiempo lo consagremos a ella. Y la única forma de hacerlo, es siendo un artista de tiempo completo.

Fuente de la imagen: Charentelibre.fr, todos los derechos reservados.

¿Cómo perdonar ?

Las secuelas de un secuestro

2/02/2022

Aunque no soy Íngrid Betancourt ni Clara Rojas, si entiendo su sensibilidad y su afán por ser reconocidas como víctimas, por que sean reconocidos los crímenes de las FARC, que no se minimice el daño que causaron, pues yo, como ellas, siento en mi ser el dolor de haber sido violentada, martirizada, no a través de un secuestro propiamente dicho pero sí de un aislamiento y una alienación tenaces, que buscaban hacer de mí una esclava y un objeto.

En realidad, lo que yo viví durante esos años de « secuestro » me han dejado secuelas graves. No se pueden comparar porque son diferentes pero son, por supuesto, otra forma de violencia.

Es sentir que como mujer sólo vales por tu útero, por tus manos para servir a otros, y que, así como has venido puedes ser desechada cuando ya no sirves.

Para qué me voy a andar con mentiras, he estado en un lento y progresivo despertar del horror para poder mirar a los ojos a la bestia y darme cuenta de lo que viví para poder asimilarlo e intentar vivir. Es que yo no sé cómo se puede vivir después de un secuestro.

Para los que no conocen la historia, que son la mayoría, yo vine a Francia casada en 2018 y desde el primer día en que mi novio pasó a ser mi marido y yo a estar en manos de este, en un país extranjero, todo cambió. Él cambió. Se volvió mezquino, arrogante, egoísta y, consciente de su poder, empezó a quitarme todo lo que yo más amaba: mi profesión, mi familia, mis ganas de trabajar, mi estima propia.

Su forma de negarme mis deseos, de obviar mi opinión e imponer la suya, de moldearme a su doctrina (para el caso, el anarquismo decrecentista) de privarme cada vez más de las más mínimas necesidades materiales bajo excusa de austeridad, suponen que quería manipularme, reducirme, tener total control sobre mí.

Hoy en día me parece evidente, en aquella época no.

Pensar por ejemplo que a Íngrid Betancourt le hizo falta un desodorante como a mí, me hace sentir mucha más empatía por ella. Sea quien sea y sean cuales sean las secuelas que eso (del secuestro) le dejó.

Y pensar que yo lo dejé todo en Colombia por él. Grave error.

Como una Índrid Betancourt desprevenida que corriese hacia el lado de las FARC. Hacia mi secuestro. Mi carcelero.

En lugar de seguir con mi carrera, con mi trabajo, mi independencia, lo empeñé todo por un matrimonio (in)feliz.

Como mi ex lo intuía y como los fanáticos seguidores de Hitler a cargo de los campos de concentración muy bien lo sabían, basta con quitarle la identidad a una persona para que esta empiece poco a poco a perder su dignidad, su estatus de humano y pase a ser algo que sobrevive, que es poco más que un animal. Un animal de carga.

Si las FARC, los nazis o mi ex son diferentes, se comparan en el punto en que saben de sadismo. Si tienen algo inherente en ellos que siente placer o satisfacción al ver sufrir (por lo que leo de los testimonios de Íngrid y Clara, lo de los campos nazis, mas lo que sé de mi experiencia), si ignoran tal vez el por qué pero usan al otro sin importarle su dolor, es que tienen algo en común.

Y es esa incapacidad para hacer introspección, ese afán de aplastar al otro para hacerle tragar sus ideas a toda costa, tal vez para generar una cierta aceptación por parte de su víctima que los absuelva antes de consumirla.

Y tienen en común que no hay otra manera de justificarlos, de tratar de lavar sus nombres, de buscar de alguna manera el perdón de sus faltas, pues no les alcanza.

Yo he tratado de perdonar a mi ex, pero no le alcanza.

Sus argumentos no son suficientes, no se excusa sino que se justifica, hace creer que de alguna manera él sufre casi tanto como yo, además de no poder evitarlo, porque le da prurito, creo, el querer seguirme adoctrinando por mail a través de sus ideas que sólo le sirven para cubrir vergonzosas patologías.

¿Cómo se explica, a pesar de sus circunstancias atenuantes, que me haya llevado hasta el fin del mundo para mantenerme aislada, que durante tanto tiempo yo haya pasado necesidades, sin recursos económicos, viviendo bajo el miedo, sin ninguna seguridad por mi bienestar mas que la de estar bajo su ala, con constantes amenazas y chantajes, alejada de mi familia (no teníamos internet por varios meses, debía ir a otra ciudad en tren para poder conectarme, se me dañó el teléfono y el no quería comprar otro bajo la excusa de que los teléfonos inteligentes eran malos, todo bajo la ideología…), cada vez tenía más miedo, me agotaba más y me apagaba más y por ende, me volvía más sumisa y más allá de eso, cómo explicar que me manipuló durante meses para que tuviéramos un hijo y cuando quedé embarazada me trató peor que nunca?

Consecuencia de semejante drama, perdí a mi hijo.

Aún hoy vivo con la culpa de tener que decirme que perdí a mi hijo cuando sé que la culpa es de él.

Estresada, yo subía colinas en bici para poder ir a mis citas médicas y en una de esas, me golpeé la pelvis.

Además, llevaba ya sangrando varios días y la médica me dijo, como si nada: puede que sea un aborto, es normal. Pasa a menudo.

Pero yo sabía por qué era.

La angustia.

Desde que estaba embarazada, X. no paraba de dejarme sola, más mezquino que nunca, dejándome enteramente por mi cuenta y sin responder el celular.

La noche en que perdí a mi bebé, no respondió.

Regresó al día siguiente, en la tarde. Y en el carro, camino al hospital, estas fueron sus palabras:

Deja de llorar, intentaremos hacer otro”.

Entonces, ¿cómo perdonar?

NOTA : Incluso en esta hermosa canción flamenca que encontré, el prisionero, muerto de celos hacia el objeto de su amor, lucha contra sí mismo para no matarla : « porque no quiero aogarla con las trenzas de su pelo ». Curiosa manera de cantar sobre el amor. Podríamos decir que cada año cientos de mujeres « mueren de amor » ?

En Colombia, el pobre es el “nigger” de Estados Unidos

27 de mayo de 2021

En un país en donde, no por su raza sino por su condición social, el colombiano es discrimado, violentado y deshumanizado (como se ve durante el paro), no se sabe qué hacer en cuanto a los ataques de la policía, del ESMAD, del ejército, de los paras y de la “gente de bien”. Y aunque no estoy de acuerdo con transponer problemas y no somos Estados Unidos y su racismo estructural, sí existe en Colombia, de parte de una cierta clase, un desprecio total hacia el ciudadano pobre.

Llámese indio, estudiante o jóven marginal, o cualquier persona que moleste al sistema colombiano cuya vida este desprecia, el sistema toma casi naturalmente la estrategia de atentar contra esta vida que de todas maneras tanto le estorba y que no necesita porque no le sirve.

En otras palabras, el problema de Colombia fue el guerrillero, hoy es el izquierdoso, el que bloquea y resiste a pesar de sus justas reivindicaciones. Ayer la campaña de Uribe fue Seguridad Democrática (contra la guerrilla), mañana será Seguridad por la Democracia, contra los “vándalos del paro”.

Y venderá votos.

Son populares estas ideas en una clase media que siente que la única razón por la que no progresa es el otro que le estorba, el que es más pobre que él. Para el de clase alta, el oligarca, siempre ha sido una necesidad despreciar y oprimir al más empobrecido porque siente, sabe, que como lo tiene todo, como lo posee todo, a la menor libertad, a la menor mejora de su calidad de vida, el pobre se volverá contra él. Lo cual es falso. Un pequeño alivio al hambre no genera ante el pobre más que agradecimiento hacia su gobierno y su patrón, tristemente. Pero el rico no quiere compartir.

No se compara sin embargo estas ideas prejuiciosas y superficiales con la formación y la manera de actuar perversa y sistémica de las fuerzas militares colombianas. Mientras los muchachos de la policía son un grupo de “guignols” (marioneta o payaso en francés) que codeados son capaces de “matar la mama”, por bobos; las Fuerzas militares de pecho hinchado y “de la mano de Dios” manejan en su discurso y en su actuar ideas fascistas que no esperan más que a ser aplicadas, en un gobierno ideal que sí les diera el lugar que se merecen, como lo hizo el general Pinochet. Porque “ellos sí saben cómo arreglar el país”. Es decir, a punta de bala y más bala, y jugando jueguitos de escondite con los cuerpos de los que “no debieran de existir”.

Se viene para América Latina o una nueva era de dictaduras de extrema derecha o una era de liberaciones sin precedentes, las cuales no serán logradas sin sangre. Colombia, víctima de su orden forzado para ser ejemplo de América Latina frente a los Estados Unidos, clama libertad. Clama el digno ejercicio de su vida política.

Demasiados años han pasado, demasiada sangre se ha derramado.

Los colombianos saben, son conscientes, de que si no ganan, nueva sangre será derramada. Esta, esta es la verdadera razón de su encarnizamiento por seguir de pie en el paro, de su indignación impoluta, de su temple frente a las balas y a pesar del miedo que se instala cada noche. Sin embargo, la sangre que será derramada esta noche pagará, tal vez, por los cambios que vendrán.

Porque si no vienen los cambios, se pagará la vida con los lutos de los días.

La desgracia de un joven sin futuro

17-05-2021

Mi papá hace parte de esos miles de hombres, de esos miles de mujeres “sin futuro”. Abandonó la carrera a 24 años, fue licenciado de la empresa en la que trabajaba a los 38. En Colombia, esto quiere decir muerte. No encontró otro trabajo, y sus problemas de salud por exceso del anterior le impidieron por un tiempo construir toda perspectiva.

Sin embargo mi papá era un joven brillante, a los dieciocho años obtuvo el primer lugar en las pruebas de estado de Cali y hubiera podido estudiar cualquier carrera. Eligió Ingeniería. Hacia el noveno semestre mi mamá quedó embarazada, y no sé si por mala suerte o por pobres, les tocó abandonar a ambos la carrera.

Esto en el caso de dos jovenes estudiantes.

Ellos se encontraron de igual manera en la esfera de personas de Colombia que no han podido estudiar. O mejor dicho, tener título. ¿Qué les esperaba? Nada. Salvo lo que ellos se arrancaran el pellejo por conseguir, un gana-pan para sacar a sus hijas adelante y sobrevivir.

Mi papá, después de ser vendedor de libros ambulante, pasó a ser vendedor en la Compañía Nacional de Chocolates, una de esas compañías que Andrés López dice hacen que en la casa tengan “el botón con el logo de la empresa, el lapicero con el logo de la empresa, la taza…”. De vendedor pasó, a punta de mérito, a lo largo de los años a ser jefe de ventas. Recorría los pueblos del Cauca en camión en época de coca y guerrilla, logró hacerse ver por su organización, sus ideas y por trabajar más que ninguno, a pesar de tener unos jefes que venían de la élite paisa y que descartaban tan fácilmente a la gente, como finalmente lo hicieron con él.

Conclusión, a 38 años, con la espalda molida y sin empleo. Una casa por pagar, deudas.

Uno se pregunta si la ascención social en Colombia de verdad existe, pues parece que es más bien un ascensor que sube pero que así mismo también baja.

La casa fue vendida para pagar las deudas, mis papás se separaron, mi mamá estuvo muy cerca de caer en la pobreza más absurda, si no fuera porque encontró una nueva buena pareja y montó un restaurante, y mi papá dejó de responder.

Después de caer en depresión por la manera tan vil como lo deshechó la empresa, mi papá pasó varios años cambiando de un emprendimiento en red al otro, emprendimiento que le prometía, como a muchos otros hombres de su edad, cuyo arquetipo es el calvo desmoralizado, hacerse a un buen arsenal de dinero y ser independiente sin las obligaciones de una empresa. Al final de todos esos años en el proceso, ni él logró volver a estar bien, ni fue nunca reintegrado a la sociedad (porque se burlaban de él), ni esto lo unió más a su familia, ni hubo aprendizaje extraordinario, evidente, rimbombante, con que pueda uno decir que valió la pena la experiencia, que fue gracias a que perdió su trabajo y toda oportunidad en la vida que…

Lo único es que se volvió un ateo del sistema productivo, del mérito y el esfuerzo para conseguir grandes cosas en la vida por medio de un trabajo. Y aunque nunca ha dejado de ser un hombre honrado, gracias a mi abuelo, asqueado de las empresas, del dinero y de la ingratitud con que la gente que amaba y que había cuidado le respondía, se alejó del mundo.

Esta es sólo una de las maneras en las que puede un hombre ser destruido por un sistema que lo abusa, lo usa y lo desusa.

¿Qué pasará con aquellos a quienes nunca ninguna puerta de empresa alguna, de universidad alguna se abrió?

¿A dónde irán a parar los hijos olvidados de la patria?

¿Llenos de dolor y ganas de esfuerzo, a dónde irán a entregar sus brazos?

Me siento dolida por los gritos de reclamo de los jovenes de Cali que hoy claman con su pecho abierto por un futuro y nadie se los da. Nadie se los brinda.

Dadme las herramientas, dadme una palanca y yo moveré el mundo. Dadme los azadones, las picas, las palas o las balas. Eso es lo que pregunta la juventud colombiana. ¿Las palas, o las balas?

En este sistema neoliberal y capitalista en el que el latifundismo retoma todo su “esplendor”, en donde el monopolio quiere crear trabajo extra para algunos millones de brazos en China y en India y desempleo, desesperanza y muerte para otros miles de millones en el resto del mundo, que se mueren de tristeza.

Nos morimos de vergüenza, nosotros, quienes vemos lo que les espera. No les hemos ofrecido algo mejor. Egoísmo, nada más que egoísmo.

Los mismos cerebros brillantes que estaban ocupados estudiando con precisión cirujana la fusión de las empresas son, sin embargo, los que besan judíamente la frente a sus hijos privilegiados, augurándoles el mejor de los futuros posibles.

Pero al cabo de un tiempo, no se puede sembrar siempre el mal y cosechar siempre bien.

Sobre los jóvenes…

18 mayo 2021

Según el congresista valluno Alexander López, el 74% de los jóvenes de Cali no tiene oportunidades.

Sería irresponsable de mi parte, si instara a los jóvenes a seguir sacrificando sus vidas en las barricadas, siendo carne de cañón ante una violencia armada de parte del Estado que no tiene comparación y que terminará por vencerlos o por extinguirlos, sin remedio. Sería irresponsable, sabiendo que las experiencias pasadas nos han enseñado que un número de valientes combatientes o resistentes, que puede llegar a ser mayor del que hay hoy, que puede llegar a resistir más días de los que se han resistido con lágrimas hoy, serán vencidos.

En La Comuna de París, hito de gobierno popular, en 1871, 25.000 fueron muertos por el sangriento gobierno de Adolfo Thiers, que se refugiaban en las barricadas. Niños incluídos.

El gobierno posterior y los posteriores intentarían borrar de la memoria esa experiencia de 70 días en la que la misma gente creó la justicia social.

Nuestros valientes jóvenes se enfrentan a la muerte armados por la desesperación de una juventud que “no tiene nada que perder”. Ellos son los hijos de la exclusión, los hijos del desplazamiento, los hijos de la violencia. Pero quieren paz. Ellos son milagros, porque sin haber tenido educación son sabios, y juran proteger a una población que no se ha interesado nunca antes en ellos. Hoy en día, con la luz del día, los jóvenes de Cali y Popayán se preguntan si vivirán mañana. Esta noche, con escudos de hojalata, recibirán en pleno en el pecho el impacto del repudio de la clase dominante. Confirmarán, con los gases y la implacable crueldad de los obreros de la máquina de la muerte, cuán poco el país estima sus vidas, cuánto desea borrarlos de la faz de la tierra. El gobierno no los habrá escuchado, ni las clases dominantes los habrán escuchado, ni tal vez todos aquellos que siguen animándolos y apoyándolos, y resaltando su valor, desde la distancia, los habrá escuchado.

Y entonces, me pregunto si podrá resistir esta vez su pecho ese choque, peor que todos los anteriores, el más duro choque.

Heroes queremos todos, pero no los hemos escuchado. Hemos escuchado sus razones para hacer el paro pero no hemos querido ver que la razón por la que están dispuestos a dejar su vida es porque su desesperación los acompañaba desde antes de la reforma. Su nostalgia, su romanticismo, vienen de la sensación honda y punzante como una herida que sienten los que sospechan ser un error de la vida, los que lamentan haber tenido que venir al mundo cuando no hay lugar acá para ellos. Los desheredados.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué vamos a ofrecerles a esos jóvenes después del paro?

Vamos a seguirlos impulsando a que expongan sus vidas por el asco que sentimos todos ante un país que durante siglos ha jugado con las vidas humanas como en un campo de fútbol, que ha desterrado, que ha expropiado, que ha matado a sangre fría y también por placer y con tortura, un país de asesinos impunes en donde La Violencia y su horror se borraron de un revés de la mano, allá le toca al pueblo olvidado olvidar y eso le pasa por ser pobre?

Sabemos de qué país hablamos, sabemos que cuenta con la complacencia de Estados Unidos y de otros países occidentales porque no es Venezuela, sabemos que tenemos un ejército, que tenemos un Uribe, sabemos de las tanquetas y sabemos de sus frágiles cuerpos humanos. Delgados, adolescentes. Vamos a seguirlos impulsando, sabiendo que lo que ellos en realidad necesitan son soluciones?

Soluciones que no les dará el Estado.

Para el Estado, lo más fácil es matar. Es más, entre más mate y entre más otros tengan la impresión de que es eficaz y efectivo en materia de seguridad, más popular será en las esferas del poder. Para que esto nunca se repita, necesitarán dar una verdadera reprimenda. Así, orgullosos y felices, se llenarán de aire el pecho y la solapa de condecoraciones, mientras nosotros seguimos llorando los muertos que para ellos no son otra cosa que semillas de guerrilleros, que, en cualquier caso, no “estaban cogiendo café”.

Iniciativas ciudadanas se necesitan. Se necesita apoyar iniciativas que permitan que los gobiernos locales le ofrezcan estudio y trabajo a estos jóvenes. Se necesita tocar las esferas del poder para poder que en algo les afecte el paro, que en algo les afecte el descontento popular. Porque tan fácilmente pueden pasar de nosotros! La crueldad de este sistema neoliberal consiste en eso, en un obrero supeditado a la máquina, en un desempleado rogando por un lugar dónde poder emplear sus brazos. Un médico siendo un elemento más de la empresa-hospital.

Me alegro porque hay esperanza en los jóvenes colombianos. Hay esperanza y hay potencial. Para construir, espero sólo que puedan ellos llegar a buen puerto y que se les permita más que morir.

Que no se les dañe el corazón, que puedan seguir apoyando la causa más allá del paro sin ser fichados ni amenazados.

Espero para ellos educación, atención, amor y dignidad.

Que asociaciones ciudadanas, ONG, miembros de la ciudadanía y hasta partidos políticos se activen buscando llevar a cabo acciones con hechos, no sólo para lo inmediato sino sobre todo para lo futuro.

Acción es lo que se necesita.

Que no nos pase lo que le pasa hoy al ciudadano Carlos Duque…

Como publicista, no me arrepiento de haber sido el autor de esta espectacular campaña del entonces candidato Álvaro Uribe en el 2002. Como ciudadano reconozco que me equivoqué votando por él. El pasado es de todos, bienvenidos al pasado.

Tweet del 15 de mayo del 2021

Nota: ¡Ah, y dejemos ya de medir el compromiso político del otro a través de sus cuentas twitter, facebook e instagram!

Cuando estos censuradores se acaben o pasen de moda, aún no habremos incidido en la realidad por más que se cuenten por miles nuestras “reacciones”. O mejor dicho, quitémosles el re.

El sacerdocio de las mujeres

12 marzo de 2021

Llegadas a una cierta edad, las mujeres comienzan a buscar aplicar el principio tácito con que las criaron: que para una mujer, vivir es sacrificar la propia vida. Sacrificarla para los demás, para ver los hijos crecer, para esperar a los hombres que se fueron a la guerra, para tenerle comida a los que trabajaron, para ser el sostén de los que no tienen a nadie, para tratar de curar al mundo entero de esa honda herida. “Porque sino, ¿quién?”

Es eso o ser una vagabunda, una liberada (con tono de abuela que al decirlo envenena la saliva). Una vagabunda perdida, de las que no quieren a nadie, una viuda negra. Eso o ser una mal-querida, poco agraciada, solterona de las que visten santos y le traen dulces a los sobrinos que dicen que ellas huelen feo.

Pero el sacrificio es alegría, dicen; una mujer soltera desconoce al parecer la felicidad que mana del profundo sacrificio que conlleva sostener a un recién nacido en los brazos.

Entonces, las mujeres buscan el altar sobre el cual sacrificar-santificar la propia vida. Por un alto propósito, por un Dios, o por un marido.

Si yo hubiera de saber que me envían a los trabajos forzados, a la mina o a la cantera, no sería diferente de si me dijeran que debo casarme y destinarme al hogar sin quererlo. Esclava tanto en uno como en otro de un patrón, sin derecho a salario y condenada hasta el fin a someter mi vida a la voluntad de un tercero.

Sin esperanza alguna de vivir una vida digna de un ser humano, de un ciudadano. Ciudadana de segunda categoría.

Sin embargo, cuántas mujeres corren al hogar. Al embarazo se le banaliza, como si él no definiera el futuro de una mujer. A la educación se la desestima, como si de ella no dependiera el porvenir de una mujer. Entonces las mujeres corren al hogar.

Matrimonio forzado, arreglado, de hecho. Hijo parido con dolor por una mujer que deja en el producto de sus entrañas su vida, renunciando a todo lo que conoce. Fruto de mujer, para el patriarcado, para el capital y para la industria. Siembra y fruto de mujer, para la guerra, la miseria, el hambre y la ciudad. Para la erranza sin fin. Para angustia suya e indiferencia del mundo. Abuela y madre, de madre en abuela, pasamos la costumbre de la renuncia.

El plato más poquito y, encima de todo, la última en sentarse a la mesa.

Antes, del hombre dependía adoptarlas para ocuparse de sus gastos. Hoy pueden trabajar pero les cierra las puertas la ciencia, la industria y la banca. La escuela. Aún hoy, demasiado a menudo.

Cuestionar a los padres es visto como un pecado, una herejía, en la mayoría de los países de América Latina. Pero cuánto dolor y cuánto castigo para una madre-adolescente condenada, por ignorancia o por abandono, por pura doble-moral religiosa, a cargar con un ser como si fuera un fardo sobre su frágil cuerpo de infante.

Estar en contra de la familia y de la iglesia es una ofensa que sólo le trae desgracia al que la comete. Y sin embargo las familias disfuncionales de las cuales habría más bien que huír, abundan. Y los desastres que causa la intromisión de la iglesia en las familias, su costumbre de callar cuando hay que hablar y de hablar cuando hay que callar, son impunemente ocultos y olvidados.

En enero, una madre necesitada se quitó la vida en Llano verde, Cali. Mismo barrio en el que fueron asesinados varios jóvenes humildes, impunemente. Por comerse unas cañas de azúcar. Álvaro, Jaír, Leyder, Josman, Luis. El 2 de marzo, el ejército colombiano bombardeó, de nuevo, a niños en un campamento guerrillero. No se respeta la vida pero se le exige a las mujeres seguir pariendo con dolor.

Sin padres sanos, sin estabilidad, sin garantías, son retoños que brotan bajo la sombra. Sin esperanzas de poder ver la luz, ¿qué sociedad nos espera?

¿Hasta cuándo ser mujer, como decía la abogada feminista Gisèlle Halimi, seguirá siendo una maldición?

Los pequeños tiranos de la espiritualidad

Los pequeños tiranos de la espiritualidad

18 de noviembre 2020 y 13 de enero de 2021

Desde que era una niña, vivía una situación compleja. Mis padres usaban sus creencias para obligarme a obedecer sus directivas, que, fundamentados en reglas del bien y el mal –lo santo y lo prohibído para el lenguaje católico, me hacían pensar y sentir que mis travesuras o terquedades, mi desacuerdo, era algún maligno sentimiento o característica que, a pesar mío, vivía en mí. Cualquier acción desobediente, cualquier duda, cualquier no, se revestía de una sombría capa de pecado que yo sentía la necesidad de esconder.

Mi padre, con su lado autoritario que no le dejaba ni el más mínimo espacio a la libre expresión de nuestra personalidad o nuestro pensamiento. Mi madre, con su costumbre de estar triste, mostrando el daño que le causábamos, después de todo lo que había dejado por nosotras.

Esto se complementaba con el constante “bullying” que me hacía mi padre, haciéndome sentir tan incapaz, tan llena de temor, que por dentro me odiaba a mí misma.

Hace poco conocí a un ser detestable. Me miraba con ojos acusadores al menor contraste que yo le daba a la conversación, asustado del conflicto. Pero al caminar yo con mis shorts, se hacía detrás mío para poder mirar mis piernas con descaro.

Tenía una manera desmesurada de hacer proselitismo, que consistía en exponer que había encontrado el camino, una especie de neo-no-violencia revisitada por supuesto por una superba jefe espiritual-youtuber, cuyos videos, que busqué después, la retrataban de blanco sobre un falso fondo de azul con un sol claro iluminando su coronilla. Todo esto, la plática incesante del tipo que buscaba convertir a los perdidos (mis amigos y yo), era por supuesto “por nuestro propio bien” (como se refería la psicóloga Alice Miller a las formas dañinas de la crianza que muchas veces no osamos condenar).

Él, lo había intentado todo. Pero no servía de nada. Se había desconectado de “la lucha del mundo” para poder dedicarse a trabajar en sí mismo. “El cambio interior de cada individuo” era lo único que podría hacer que “la humanidad cambiara”, pero yo me pregunto: ¿sin cambio exterior, sin la acción de hombres y mujeres buenas sobre el mundo circundante, qué de bueno podría pasar con estas generaciones y las futuras?

Como este señor hay miles. Abundan en este siglo en el que los hippies y revolucionarios de los 70 se convierten ya sea hacia el nadaísmo, ya hacia el capitalismo. Y ya sea por la inacción de unos, ya por la sobre-acción de otros, terminan de joder este mundo. Lo hacen a través de sus trabajos mediocres, de sus vidas mediocres, de su cobardía que agrede a cambio de una supuesta “paz”, o de su ceguera hacia sus hijos, a quienes descuidan y evitan al no poder confesarse a sí mismos que los están enviando al abismo a ciegas.

Entonces ahora, en poco tiempo quieren enmendar lo que por años forjaron. Las heridas que como herrero tallaron en unas niñas que sólo quisieron ser buenas y hacerlos sentir orgullosos, a pesar de sus repetidas ausencias. En unos pocos días se les deshará la emoción eufórica del reencuentro, la esperanza de que todo sea perfecto, como si nada de lo malo tuviera importancia. Hacer borrón y cuenta nueva.

Pero graves consecuencias vivimos sus cuatro hijas en nuestra edad adulta, consecuencia de todos los estragos y extravagancias de nuestra infancia y adolescencia trajinada.

Mi padre, ausente, su constante hábito de contarnos sus desgracias, su impotencia, como si de algún modo fueramos culpables de que nada en su vida funcionara, de que andara vagando, inspirando lástima, sin trabajo, de secta en secta, tomando costumbres ascéticas que le atraían más señalamientos, los cuales lo hacían sentir sacrificado y puro, doliente pero expiando sus pecados, pecados en los que nada teníamos que ver, y que se repetían, o perpetuaban.

Aprendimos que teníamos que valernos solas. Y además, que de nada sirve esperar contar con un papá aparentemente más frágil y sensible que nosotras mismas, para el que ninguna de nuestras necesidades básicas materiales era importante, o siquiera nombrable, pues lo que más importaba era cultivar un buen corazón, para la vida de más allá.

Una madre que empezó con buena intención, pero cuyos excesos irían a sabotear y desequilibrar para siempre nuestros estados mentales. En su afán por el dinero, especialmente después de la quiebra de su restaurante, adquirió al poco tiempo el hábito de vivir de ilusiones irrealizables, en una casa de campo alejada de todo que esperaba convertir en un centro humano para la nueva era. Derrochando con tarjetas de crédito lo que no tenía para cubrir necesidades reales e ilusorias, como mercados grotescos, invitaciones familiares a restaurantes o inversiones en proyectos productivos para los campesinos que esperaba resultaran dándole el doble, lo que después tendríamos que pagar a cuotas, nosotras, sus hijas.

Producto de las mentiras de nuestros padres: El uno, diciendo que lo que importaba era el alma, sutíl manera de hacernos sentir insignificantes, tanto como un padre que hubiese hecho de su trabajo su dios y su adicción; la otra, predicando generosidad hacia el prójimo, en el cual se alienaba hasta olvidar de la atención que sus hijas necesitaban, de su callada pero incipiente necesidad de apoyo real y de acompañamiento, nosotras, sus hijas, lo más lógico es que optáramos por rechazar lo divino que nos ningunea, por negarnos a aceptar lo místico y el reino de la entrega hacia lo social que nos deja desamparadas en cuerpo, corazón y psiquis, haciendo imposible que nazca en nosotros la vocación del dar, cuando hemos recibido tan poco y con tan poca coherencia.

Tal vez creerán nuestros padres que somos especiales, que nacimos fuertes y que si lo hicieron así, era porque eso necesitábamos, precisamente para entender la dificultad, como a veces han tratado de hacernos saber, o como parece que pensaran. Pero nosotras no elegimos nacer y si tener hijos no conllevara una responsabilidad de por vida, ninguno de ellos se vería obligado a recurrir a tan molestas y sucias prácticas para comprar nuestra atención que de otro modo no se han ganado.

Lo saben. Lo entienden, que a pesar de todos sus argumentos del más allá, lo que está más acá les pesa. Hay algo que no han resuelto, pero les basta con vernos a veces, con hablarnos por ocasiones, con enviarnos mensajes positivos y con orar por nosotras.

¿Dónde está la familia que construyeron cuando yo tenía seis años? Se fue y nunca volverá. Es ingenuo y fútil pensar en ello.

Lo que definitivamente no hemos de hacer, hermanas y yo, es decirnos que ha llegado la hora de la unión total. Del perdón Universal. De la Unión. Ello equivale a volver al vientre materno y conlleva a una ceguera cómoda pero inevitablemente destructora.

No, hermanas. No debemos vencernos.

Es tal vez la lejanía de nuestros padres la que nos ha construído y la razón es que su cercanía nos destruye. Porque no pueden evitar, al acercarse, corroer, manipular, dominar o portarse como hambrientos pordioseros de amor que cuando han obtenido cuanto les hace falta para sobrevivir se marchan. Eso no es amor de calidad, no es amor de verdad. Ellos son así, no saben amar, son personajes de 100 años de Soledad, como muchos en nuestro país, como muchos.

Lo que sí hemos de entender es que debemos de amarlos como son, por lo que son, y no esperar un radiante porvenir con ellos en el que no existan dolores, ni conflictos, donde el león paste con el ovejo. Ese día no llegará. En nuestra era, al menos. Por ahora nos ha sido demostrado de que el león cuando se acerca al ovejo se alimenta de su presa, y si este no está alerta, pues tendrá que ofrecerce como bocado. Pero tal vez esto les interese a ustedes, pues sé de personas que ven en la entrega, en el sacrificio martírico una vocación. El problema es que los más, son infelices, porque al final final se dan cuenta de que no hay sacrificio sin verdugo. Y el bobo de la fiesta es siempre el marrano.

Por todos estos años, más o menos en 2009 me puse el objetivo de dejar de esperar algo de estas personas que sólo logran hacerme sentir miserable. Porque cuando me dan amor, al poco tiempo hay traición, porque cuando espero algo de ellos me doy cuenta de que nunca han caído en la cuenta de que yo, por ser niña, los necesité. Me pusieron en desventaja. Me negaron todo cuanto era dado a un pequeño recibir sin tenerlo que pedir.

Empiezo por mi padre: atención. Desde pequeña mis únicos e insistentes recuerdos de mi convivencia con él son sus burlas, sus frases repitiendo mis torpezas, sus regaños y reproches. Yo parecía no tener nada bueno, nada bueno en mí. A diferencia de mis hermanas. Vivía con un miedo constante y lo más normal era que me sintiera mejor siendo regañada por haber derramado un líquido o azotada con una correa de cuero que siendo ignorada, como era la mayor parte del tiempo.

Recuerdo sus gritos, su forma autoritaria que no dejaba espacio a objeción alguna. Sus únicas sonrisas siendo cuando mis dos hermanas mayores bailaban o actuaban para él, lo que llamábamos “shows”.

Sus críticas hacia mí eran tan fuertes que aún hoy, al recibir una llamada suya y contarle que quiero aprender a manejar, su burla acerca de la única ocasión en la que me quiso enseñar pero, al yo estar aprendiendo a leer, no le puse cuidado sino a los letreros y señalizaciones en vez de mirar hacia adelante (tal vez estaba nerviosa), logró que me enfureciera porque sentí que no tenía vergüenza alguna del trato deferente que tuvo conmigo. Que no tiene ni idea del daño que me hizo, o tal vez no la quiere tener.

Durante los años que siguieron la separación, recuerdo ausencias, ausencias o molestias. Mi padre deprimido, haciendo comentarios incómodos sobre su “mala vida”, sin ser nunca más ni simbólica ni realmente mi progenitor. Nunca más recibí de él la atención y cuidado que procura un padre a sus hijos, la educación que estos normalmente reciben cuando éste se ocupa de ellos. Salvo contadas ocasiones durante mi edad adulta.

La otra fasceta de mi padre es el arrepentimiento. Hacer cosas, contar historias, para que lo “perdonemos”. Pero este perdón que él pide es una absolución, de tipo religiosa, de esas que sólo sirve para aligerar la consciencia y seguir pecando. Yo quisiera perdonarlo pero siento que él no tiene ningún reparo en excusar toda la ausencia, toda la carencia, todos los trabajos que hemos pasado, con su “entrega espiritual”. Él estaba buscando su camino, para poder “darnos ejemplo”. Pero yo qué culpa tengo, si me tocó empezar en la vida con pocas posibilidades, saliendo adelante gracias a chances fortuitos o ganados por mi cuenta, y que mis ganas de salir adelante y mi trabajo propulsaron, pero que de otra manera podría muy bien estar mal casada, a expensas de un marido y llena de hijos, sin ni una posibilidad de encontrar lo que mi inteligencia sugería yo podía descubrir.

Cuán triste y amarga puede ser la vida de una mujer, una vez se ha dado cuenta que pudo tenerlo todo, pero que lo ha perdido todo. Una mujer joven, llena de capacidades, de ganas y de fuerza, es capaz de construirse un futuro brillante. Pero es justamente en esta edad cuando las posibilidades demasiado a menudo se truncan, los caminos erróneos se juntan, los sucesos pueden llevarla al triste fin que el capital ha pre-señalado para ella: el de esclava del hogar.

Y esclava es una mujer que, sin posibilidades de una independencia que le ayude a pensar por sí misma y a ser dueña de su destino, vive con un marido de a sueldo al que paga con su tiempo por una casa y un bocado de comida. Y por la supuesta felicidad de ser madre. Las únicas madres realizadas no pueden ser otras que las madres felices, y la felicidad duradera, no la perecedera, de la mujer, está en el desarrollo pleno de sus talentos. En el ganar su pan y vivir de su sudor, en el forjarse la vida que se le dé la gana. Y cuán difícil es cuando el camino más fácil parece ser siempre la trampa del amor.

Y digo la trampa porque el amor firmado y sin garantías es una cárcel sin barrotes.

En 2008, mi madre hablaba de cuán importante era ir a la universidad. Yo pasé los exámenes de idiomas de la Universidad del Valle, en Cali, cuando de repente mi mamá y su pareja decidieron irse a vivir a una alejada zona rural del norte del Cauca. Antes, nos habíamos ido a vivir a Popayán para estudiar, décimo y once grados de bachillerato en mi caso. Al poco tiempo de estar en una pequeña casa en Santa Catalina, nos fuimos a vivir con la nueva pareja de mi mamá.

Hasta hacía poco, digamos 2007, ella había vivído con una persona que se había convertido en un padre para nosotras, lo cual decíamos a menudo. Él nos había criado junto con ella desde poco después del divorcio de nuestros padres, cuando, después de dos años de vivir con mi padre, volvimos a vivir con mi madre. Pero esta vez la separación no fue clásica.

Primero el señor iba a visitarnos, a menudo, a la escuela en la que vivíamos, en las montañas del Cauca. Luego, mi hermanita me confesó llorando que los había visto besarse a escondidas, lo que mi mamá le negó. Ella se fue para Popayán para darnos estudio, una educación formal y de mayor calidad, por lo cual es cierto que había luchado y tenido roces con su pareja, y por otras cosas, pero nunca nos fue explicado que al poco tiempo de llegar a la ciudad, ese amigo se convertiría en nuestro padrastro.

Al vivir con él, mi hermana pequeña y yo nos vimos confrontadas, pasando de un padre dulce y amoroso, a un casi-desconocido que nos mandaba a la tienda, que se sentaba en completo mutismo a la mesa y a menudo se encerraba en una habitación, que aprobaba o reprobaba nuestras visitas y, lo peor, a quien tocaba que servirle la comida a la mesa y hasta recogerle el plato. Mi hermana mayor dejó el hogar, harta. Se fue para donde una prima, en donde se acercó mucho más a su novio, que era su paño de lágrimas, y por varios años vivió alejada de la familia. Hizo sus estudios técnicos desde casa de mi abuela y, luego de vivir un año con nosotras en Cali, se mudó a otro país.

En los años de nuestra adolescencia, habría de pasar algo, el «breakdown» de una de nosotras que llenó los tiempos que debían de haber sido de experiencias, de angustias, y temores. ¿Cómo saber que no vendría de nosotras algún día ese mismo mal, si no sabíamos de dónde venía?

A nuestra ansiedad y depresión recurrentes no ha ayudado los cambios y variaciones siempre frecuentes de nuestros padres. Esa manera de incitarnos a callar nuestros dolores, a esconder la rabia y a nunca mostrar el desacuerdo, actitudes que castigan haciendo sentir al rabioso como un desatinado impulsivo y peligroso, sin todavía tratar la razón de la rabia.

Ahora, en nuestra edad adulta, todas las heridas vuelven a brotar. Todo lo que por el trauma, durante, no puede salir, sino después, cuando se puede. Es el caso de millones de colombianos y colombianas. Es la historia triste, desangrada, violenta, traumada de nuestro país.

Para ellos, mis padres, cada depresión, cada crisis de nosotras, se ha podido solucionar con una mejor actitud, con más agradecimiento, entregándoselo a Dios y resistiendo. Para mí, las consecuencias de sus desbordamientos han sido nefastas y lejos de pensar que venga de ellos y de sus constantes desatinos como padres-adolescentes, ellos lo achacan a la terca costumbre nuestra de hacer rabietas para llamar su atención y culparlos. Manipulaciones.

En cambio, nuestros triunfos son todos suyos.

Ellos sienten que cuanto salió de ellos, esa tezón que tenemos, esa obediencia, esa aptitud para el trabajo, los talentos de varios tipos y las ganas de salir adelante, vengan de ellos. Todo lo contrario, han venido de su falta, de su ausencia. De esa necesidad de agradarles aunque nunca estén satisfechos, de ser menos una carga, de demostrar que valemos, de dejar ese inútil sino y yugo de ser mujer. Para no ser frustrado, para no ser depresivo, para no ser fantoche, para no ser candil de la calle y oscuridad de la casa, hemos decidido ser sus contrarios.

P.D. La dureza de este texto no es más que aquella de la realidad que nos ha tocado vivir en carne propia.

Respuesta a mi Padre

Los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla”, Cicerón.

13 de enero de 2021

Si yo te asimilara, padre, aceptaría dentro de mí al enemigo del que he tratado de huir desde muy pequeña. Tú me señalabas como mala, inútil, distraída sin remedio, eso cuando me prestabas atención. Sin embargo, nunca señalabas tus propios errores, siento que el malo del cuento eras tú y que yo no tenía nada que ver en esto.

Tus pregones de amnistía, paz y reconciliación quieren ahora que me adhiera a un régimen que no admite el punto de vista mío, lo cual me anula. Yo, no creo en la teoría fatalista que te excusaría y a todos mis agresores de cuanto me han causado. Yo tiendo a encontrar las causas y remediar a ellas, para que esto no ocurra nunca y no se vuelva a repetir jamás. Y esas causas son, el fanatismo, el egoísmo, el relativizar la parte de responsabilidad de cada ser humano en cada uno de sus actos, máxime en la educación de sus hijos. El punto de vista machista y hasta misógino con el que te alejaste de nosotras y le dejaste todo el peso de nuestra educación y sustento a mí madre concuerda con la manera, calculada y sadista, en la que nos castigabas. Con la imposición de tus reglas bajo otros nombres y en el nombre de otras sectas, llámese sectas o ideologías, las cuales, en cada ocasión, no toleran desacuerdos. Exactamente igual que Alex, mi ex, en su caso bajo la excusa del anarquismo y la austeridad. Yo busqué mi nuevo propio agresor.

La manera en la que pretendes siempre hablar en una manera “positiva”, no tolera ni oposición, ni cóleras, pues el que se enoja y expresa su cólera pierde. Sin posibilidad de oposición, cuando era niña no me quedaba otro remedio que callar, pero me tragaba toda mi rabia y la injusticia de deber fingir estar de acuerdo. Ahora no fingiré. No voy a fingir que quiero intentar hacer esfuerzos en pro de mejorar una relación contigo que en un hipotético futuro me promete “sanarme”. Ese sanar, de hecho, puede reemplazarse con el católico “salvarse”. Es como querer caminar detrás de una luz que siempre se aleja, como el paraíso prometido, la zanahoria que se le tiende al conejo. Yo lo único que sé es que entre más me alejo del opresor maltrato que tú me dabas, mejor me siento. Y mi acción actual consiste en luchar contra las inequidades, contra las injusticias y en pro de la verdad, de la responsabilidad y de la creencia, errada o correcta, de que somos capaces de cambiar nuestro “destino”.

Por lo tanto no, no deseo emprender un camino contigo. No deseo gastar mis esfuerzos y tiempo en construir una relación hasta ahora casi inexistente. Durante toda mi vida, tu egoísmo ha estado presente la mayoría del tiempo. Ahora no es momento de esperar que se convierta en altruísmo, sospecho que tu supuesto afán de “sanar” no es más que una desesperada necesidad de aliviar tus culpas. No dudo que detrás de esto hayan hondas heridas, que tú hayas vivido cosas parecidas en tu infancia, eso no lo dudo, pero entonces intentaré, si te juzgo, mejorar yo misma como persona y si algún día llega a ocurrir que tenga hijos, no cometer los mismos errores. Ese es mi compromiso.

Hacer las paces contigo sería para mí hacer las paces con el enemigo. Es como si la revolución rusa, después de haber denunciado la tiranía del Tsar, decidiera volver atrás y reconocer que algo bueno hubo, que al fin y al cabo, eran los padres de la nación.

Hacer las paces contigo sería reconocer que Estados Unidos, a pesar de haberse tomado a Cuba por casino, de haber explotado sus mujeres y de haber hecho la juerga en griles que covirtió en antros, y, después de la revolución, y de haber intentado este enemigo nórdico invadir Cuba y casi bombardearla, Cuba dijera: bueno, nos separamos, nos alejamos, no estamos de acuerdo pero después de todos estos años, hagamos las paces, Estados Unidos. No haría en esto Cuba sino un grave error, sabiendo lo imperialista, arrogante y belicosa que es la potencia anglosajona, pues este imperio que ha crecido gracias a absorber las economías de otros sigue eligiendo vivir de aplastar a los más desamparados.

Hacer borrón y cuenta nueva contigo, como lo propones, consistiría en estar de acuerdo en enterrar todos los hechos de injusticia y de dolor que las víctimas cargan todavía. Los asesinatos extrajudiciales, las desapariciones de personas homosexuales, los vejámenes cometidos hacia las mujeres, como en la época de Franco en España. Pues, por si no sabías, en el año 1977, España propuso justamente una ley de amnistía que impedía fuera juzgado personaje alguno que hubiese podido ser condenado por hechos durante la dictatura de Franco, ya fuera este de izquierda o derecha. Esto lo que causó es que hoy por hoy no se pueda hablar de dónde están los cuerpos, que las heridas sigan frescas pero las personas no puedan obtener justicia, que la gente diga que es mejor dejar aquello y echarlo al olvido, que el pasado es pasado. Por olvidar, se celebra aún el día de Franco con un: ¡Qué viva España!, y la política española sigue estando llena de antiguos franquistas.

No así en Alemania, con el juicio de Nuremberg. Yo no estoy de acuerdo con tu paz sin reparación ni justicia y mucho menos con la manera en que me propones aplicarla, a tu manera, bajo tus preceptos. Para mí, las garantías que debieron darse en su momento no estuvieron ni están. Por eso Colombia vuelve a la guerra. No hay garantías, no hay economía legal, no hay espacio para los oponentes, sólo se los mata. Es esta intolerancia la que me irrita. Yo no quiero estar de acuerdo contigo porque eso significa, dentro de tu dialéctica, que estoy en contra de mí misma.

Lejos estaríamos de volver en América a contactar a España, reclamándole el habernos dado tan poquito, y decirle a Simón Bolivar que a pesar de la certeza de la necesidad de la independencia de América, de alguna manera España es nuestra madre. A esa dichosa madre patria, no le debemos nada y por el contrario, nos debe ella. Pero esto que nos debe no será nunca recuperado, pues desde el principio se posicionó como explotadora, usufructuante de riqueza ajena, humillando a América como si no valiera por sí misma, por lo bueno que de ella mana. Nunca vieron nuestra grandeza, por el contrario, la destruyeron. Para hacernos después sentir inferiores, para poder justificarse con la excusa de que es gracias a este “encuentro” que “nos han civilizado”. Lejos estamos en América de encontrar nuestro propio camino si nos volvemos hacia España.

Por algo hubo San Franciso de Asís renunciado a sus padres. Para poder vivir la existencia que quería, en el servicio, sin tener que deberles fidelidad y reciprocidad.

Ciertamente, una parte de mí morirá, o murió ya, al haber emprendido mi camino sola en la vida, a mi manera. Pero haber tomado esta decisión habrá de traerme aventuras lejos de esquemas y formas de vivir abusivas que no me traían nada bueno, aparte de la opresión. Gracias por todo, te libero.

¡Por la memoria, y en contra del olvido!